UNO. Se pellizca, si es mujer, o se golpea la cabeza con la mano abierta, si es hombre, para asegurarse de que no está soñando.

DOS. Busca las cámaras ocultas pensando que vive o en una gran broma como en la película “El show de Truman” o incluso dentro de Matrix.

TRES. Se siente culpable. Se acuerda de la familia del hombre o mujer del tiempo, pero no como en otras ocasiones. Se arrepiente de todos los insultos que les dedicó en el pasado reciente.

CUATRO. Avisa a los de la piscina de Valencia de Don Juan para decirles que está bien. Que no se asunten porque no ha ocurrido nada malo, pero que hoy no cuenten con él/ella ni con su familia.

CINCO. Se lanza en masa, cual horda de zombies en “Guerra Mundial Z”, a las playas, terrazas y merenderos de la zona como si no hubiera un mañana.

SEIS. Se protege. Se acuerda de aquellas gafas de sol Ray Ban que compró en Canarias en el verano del 98.

SIETE. Pierde tres cuartos de hora buscando entre sus maletas un bote de crema protectora factor 50. Cuando lo encuentra, descubre que caducó en 1998 y lo tira a la basura.

OCHO. Sabe que está disfrutando de algo excepcional, así que se expone al astro rey demasiado tiempo. Se quema, se abrasa, se pone más rojo que un centollo francés al salir del cocedero.

NUEVE. Piensa en su futuro. Se pregunta si es el momento de comprar ese apartamento en Benidorm, ¿cómo sería vivir en un sitio donde el paraguas no sea una extensión de tu brazo?

DIEZ. Recapacita. Se da cuenta que las cosas son perfectas tal y como están. Que “Asturies no ye verde porque la pintaran con plastidecor”. Porque sin tetes no hay paraíso, no. Pero sin nubes y lluvia, tampoco.