Desafortunado incidente el ocurrido esta tarde en el concejo de Cangas de Onís. El líder de ciudadanos, Albert Rivera, se encontraba con su pareja disfrutando de una pequeña escapada en tierras asturianas. Tras visitar Covadonga, el presidente del partido naranja disfrutaba de un tranquilo paseo en Coviella, cuando algo llamaba poderosamente su atención: un hórreo asturiano. Un hórreo asturiano, repleto de panoyes.

La amenaza independentista está llegando demasiado lejos. ¡Los españoles me necesitan! ¡¡Los asturianos me necesitan!!

Exclamaba Rivera, justo antes de abalanzarse sobre el hórreo y comenzar a quitar panoyes enérgicamente. Su pareja trataba de advertirle de su error, pero sus intentos resultaban inútiles. Porque al líder de Ciudadanos le había dado uno de sus famosos “amarillos”, una especie de trance mental, durante el cual solo puede arrancar, de forma compulsiva, todas las cosas amarillas que se le ponen por delante.

La última vez que le dio uno, pasamos muchísima vergüenza. Estábamos con mi sobrina en una juguetería de Barcelona. Y se volvió loco al ver una estantería llena de Minios. Unos minutos después se le pasa, sí… pero claro, el daño ya está hecho.

Nos confesaba, visiblemente afectada, la pareja del propio Rivera. Pero la vergüenza por tan surrealista escena, resultó ser el menor de sus problemas. Porque la cosa empeoraba notablemente cuando Anselmo Fuertes, propietario del hórreo, descubría al político con las manos en la masa.

¡¡Tovía no ye la esfoyaza!! ¡Baja de ahí fatu!… ¿¡o tengo que ir yo a bajate!?

Le advertía Anselmo, con voz firme, desde la puerta de su casa. Pero Albert, sin inmutarse, seguía afanado en su tarea.

¡¿Tas sordu o yes tontu?! Para ya… ¡¡que vas mancate!!

Insistía el paciente vecino. Pero el presidente de Ciudadanos, con los ojos en blanco, seguía arrancando las piezas de maíz de cuatro en cuatro.

¡¿Tas quedándote conmigo!? Que bajes ya de ahí te digo… ¡¡y deja en su sitiu ese panoyes!!

Entonces, Rivera reaccionaba. Apoyado a la barandilla del hórreo, ponía su vista en el infinito, y con la voz engolada exclamaba:

¡¿Panoyes?! Cuando yo recorro España, no son ponoyes lo que veo. Yo solo veo… ¡espanoyes!

Entonces, Anselmo agotaba su paciencia. Y mientras se arremangaba las mangas de la camisa, entre dientes murmuraba:

Espera… espera que vas ver otra cosa gallu… ¡estrelles y paxarinos!