Alberto Chicote, el popular chef televisivo, visitaba hoy Asturias para grabar un capítulo de la nueva temporada de “Pesadilla en la Cocina”.

En esta ocasión, la víctima del mediático cocinero era Casa Tomasa, en Colloto (Oviedo). Y como dicta el formato de su programa, en su primera visita, la intención de Chicote era criticar duramente la carta del establecimiento. Pero el chigre de Tomasa no entiende de guiones de televisión. Y las cosas, sencillamente, no salieron como el chef imaginaba.

Para abrir boca, Chicote empezó probando un pastel de cabracho. La intención del cocinero/presentador era echar pestes sobre el plato, diciendo que sabía a goma de borrar. Pero allí, lo único que se borró, fue la memoria del chef madrileño. Porque cuando iba a pronunciar su primera línea de guión, Chicote se sorprendía a si mismo lamiendo el plato con la lengua, y con una expresión entre el placer y la vergüenza, pedía que le sacaran otra cosa.

Segunda oportunidad, segunda receta: una fabada asturiana. El presentador sabía que esta vez nada podía fallar, y la cosa parecía fácil: probar una cucharada y decir “¡para comerse esto hay que tener más hambre que Victoria Beckham!”. Pero algo truncó nuevamente sus intenciones. Un diminuto trozo de tocino, del exquisito compangu, nublaba la mente del cocinero. Un olor irresistible, mágico, casi celestial, que le hacía entrar en estado de trance, y devorar la perola de fabes en 30 segundos como si no hubiera mañana.

Fue entonces cuando Chicote comprendió que su programa en Asturias corría serio peligro. Pero aún así, el cocinero/presentador lograba mantener la calma. Rápidamente echaba otro vistazo a la carta en busca de algo con lo que “acertar”: variadín de tortos, fritos de pixín, cachopo de cecina, chorizo a la sidra… cuanto más leía, más abría los ojos, más salivaba… y más negro lo veía.

“La madre que me parió… aquí está todo de muerte. Esto sí que es una pesadilla… ¡pero pa mi!”

Allí en Colloto, literalmente, se mascaba la tragedia. El chef más duro de la televisión era incapaz de criticar ninguno de los platos del chigre asturiano. Pero en ese momento, el cocinero madrileño tuvo una revelación.

“Ya está, pediré que me traigan un postre. Total… yo nunca fui muy de dulces”.

Aquí estaba su última oportunidad. Chicote se lo jugaba todo a una carta, la única carta que podría darle sentido a su programa y a su personaje. Porque sabía que, fuera lo que fuera lo que le pusieran delante, él lo despreciaría diciendo “está demasiado dulce, ¿¡qué me queréis matar de un ataque de hiperglucemia!?”

Entonces, la mismísima Tomasa se aproximó a su mesa con media sonrisa, le sirvió una pequeña cazuela de barro, y con una pícara voz le espetó:

“La especialidad de la casa Alberto. Arroz con leche… requemadín”.

Chicote, entre visibles temblores, cogía dubitativo una pequeña cuchara. Hundía el cubierto sobre la crujiente lamina de caramelo, mientras una gota de sudor bajaba por su frente. Finalmente, se metía una tímida cucharada en la boca, ponía los ojos en blanco, lloraba, y segundos después empezaba a cantar…

“Astuuuuriaaaaaas, paaatriaa queriiidaaaaaa…”

  • Mortadelu

    Como chiste está bien. Por lo demás totalmente falso, y no porque no se cocine bien en Asturias, sino porque a Chicote le llaman para ayudar a restaurantes en ruina y no para destrozar buenos restaurantes.