Antonio García Peñón era hoy el hombre más feliz del mundo, y el más fotografiado de todo el recinto ferial Luis Adaro de Gijón. El hostelero asturiano, responsable del puesto de bocadillos de calamares desde hace más de 30 años, aún no podía creer lo que estaba viviendo.

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) seleccionaba su popular bocadillo, entre más de 1.000 candidaturas, dándole el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

“Home… la verdá que ye de los bocadillos que más gusten. Pero un reconocimientu así… ¡nunca lu esperes! ¡Fue una sorpresa muy grande!”.

Nos declaraba un exultante Antonio mientras sudaba a chorros al otro lado de la barra. El bocadillo de calamares de “La Feria” se impuso a candidaturas de muchísimo peso, como el pinchu de tortilla de Villalpando, los caramelos de la Santina o el cacharru en vasu de sidra.

A la pregunta de si esperaba que el galardón hiciera aumentar las ventas, el hostelero asturiano respondía con ironía…

“¿¡Vender más bocadillos!? ¡¡Eso ye imposible gallu!! Aquí la freidora trabaya más que el abogáu de Belén Esteban. Y claro… así quedamos al acabar la Feria. El olor a fritanga no se nos quita hasta Navidá, ¡¿oyisti!?”