Lo conseguimos, arbeyos. Después de consultar con más de un millón de asturianos hemos llegado a elaborar (no sin mucho esfuerzo) este pódium de LAS MEJORES FRASES DE MADRE ASTURIANA.

 

¿AYÚDOTE YO?

¡Que enigmática ye la madre asturiana que cuándo diz: “¿AYÚDOTE YO?” ta ofreciéndote una hostia! La madre astur intenta que te fíes y durante unos segundos creas que va a ayudarte realmente. Entonces tú bajas la guardia… y ella la zapatilla sobre tu espalda. ¡ZASCA! Esa ye la ayuda que vas recibir, un guantazu que te deja como Stallone en Rocky IV. La otra opción es responder a la pregunta con un “No, mama. No me ayudes. ¡Ya llamo si eso a El Equipo-A!”. Pero tranquilo, no hay zapatillazo que 100 años dure y si juegas bien tus cartas con 4 lágrimas y un par de pucheros, tal vez la temida madre asturiana se apiade de ti. Si no lo hace avisa a los geos. Y vete repartiendo esquelas.

 

CÓMO VAYA YO Y LO ENCUENTRE…

Y lo encontraba, ¡vaya que si lo encontraba! Durante años pensaste que era ella la que escondía las cosas a mala leche y por eso luego sabía dónde estaban. Creías que la madre asturiana era una especie de Hannibal Lecter con rulos y mandil que jugaba contigo y quería torturarte. “COMO VAYA YO Y LO ENCUENTRE…” En el preciso instante que terminaba la frase tenías aproximadamente unos 10 segundos para encontrarlo. Entonces, temblando, recorrías la habitación en busca de “eso”. Pero “eso” ya no sabías ni lo que era, porque con los nervios se te había olvidado.  ¿Qué era lo que tenías que buscar? ¿Y cómo se supone que ibas a hacerlo sabiendo que tu vida pendía de un hilo? Tu madre se acercaba a ti como la china de THE RING pero no te mataba a ti si no a tu amor propio. Porque encontraba lo que buscabas. Y de paso el Playboy y 3 Ratos de Cama. Tocado y hundido.

LLORA, LLORA… QUE ASÍ MEAS MENOS.

No se sabe por qué oscuro razonamiento anatómico tu madre sabía algo que la ciencia moderna aún no ha descubierto. Y es que si lloras mucho meas menos. “LLORA, LLORA… QUE ASÍ MEAS MENOS”. Tal vez tenga que ver con una retorcida visión del principio de Arquímedes o con que tu madre era una cachonda (es esto fijo). La cuestión es que tu madre te solmenaba un zapatillazo y tú llorabas. Primero porque te había hecho daño. Y segundo como mecanismo de autodefensa. Porque creías que ella al verte llorar se iba a apiadar de ti. Pero, ¡ay amigo! Una madre es una madre y seis un aquelarre. Nunca lo olvides, la madre astur es el T-1000. No tiene sentimientos, atiza que da gusto y siempre remata con un “Volveré”. Y vaya si vuelve. Pero un segundo antes que ella llega su zapatilla. Fría y mortal. Y joder, como manca.

 

¡COMO GARRE LA ZAPATILLA!

Tú acababas de liar la penúltima travesurilla. Porque quemar al gatu, tirar un primo lejano de 3 años por la ventana o disfrázate de muerte y decirle a tu abuelo: “vengo a por ti, viejo de mierda” son eso, travesurillas que a nadie pueden ofender. Pero tu madre no lo interpretaba así y cuando veía a su padre retorcerse de espasmos en el suelo, te gritaba: “¡COMO GARRE LA ZAPATILLA!”. No, mama. Coge mejor el desfibrilador, ¿no ves como está güelito? Pero tu madre es ese ser superdotado que con una mano salvaba la vida al tu güelu y con la otra “garraba” su zapatilla y te la lanzaba. Y entre medias hacía un arroz con leche y frisuelos. Porque así son las madres asturianas. Ah, y por supuesto la zapatilla siempre alcanzaba su objetivo. TÚ. Y dolía. Mucho.